Por: María Eugenia Mejía
A las puertas del sur de México, donde el calor sofoca y las fronteras se transforman en muros invisibles, miles de personas migrantes suramericanas atraviesan una ruta marcada por el sufrimiento, la espera y, en muchos casos, la tortura.
El año 2025 ha traído un recrudecimiento de las políticas migratorias en el continente, visible con brutal claridad en los centros de detención, las estaciones migratorias y los caminos vigilados por fuerzas armadas. Así lo documentan Amnistía Internacional (2025) sobre políticas restrictivas en América Latina; PROVEA y Human Rights Watch en relación con el aumento de detenciones y las condiciones en los centros; y el Mixed Migration Centre sobre la expansión de las deportaciones y el control militarizado.
Esta pieza periodística recoge testimonios de quienes han sobrevivido a esa ruta hostil: un migrante salvadoreño residente en EE. UU. desde hace dos décadas; un joven detenido durante la pandemia en una estación migratoria en México; un padre de familia colombiano que lamenta haber perseguido el sueño americano convertido en pesadilla; una profesional de atención infantil que trabaja con niñas y niños no acompañados; y la voz de una autoridad gubernamental. Cada relato aporta una pieza de una verdad más amplia: la migración, lejos de ser solo un desplazamiento físico, es también una lucha por la dignidad, la memoria y la posibilidad de un futuro.
Quienes migran suelen convertirse en víctimas de estrés postraumático, insomnio, miedo constante y aislamiento emocional, lo que dificulta su integración y recuperación. Muchas personas describen su travesía como una “tortura física y mental”, enfrentando extorsiones, hambre, agresiones y amenazas desde el cruce por el Darién hasta su paso por México.
En Tapachula, Chiapas, se han denunciado detenciones ilegales, desapariciones forzadas y tortura por parte de agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) y de la Guardia Nacional. Organizaciones como Médicos Sin Fronteras y el Centro de Atención Integral para Víctimas de Violencia Extrema y Tortura (CAI) ofrecen apoyo psicológico y médico a sobrevivientes. Según MSF, la violencia es la causa del 80 % de los problemas de salud mental entre personas migrantes en Tapachula (fuente: EFE y diversos medios).

La llegada de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. en 2025 ha endurecido las políticas migratorias, lo que ha provocado una reducción del 93 % en el flujo de migrantes por el Darién. Entre 2023 y 2024, más de 800,000 personas atravesaron el Tapón del Darién, la frontera terrestre que conecta Colombia con Panamá y que se ha convertido en el paso obligatorio para quienes buscan llegar de manera indocumentada a Estados Unidos.
Según el medio digital EL NACIONAL, miles de personas siguen migrando en busca de seguridad, enfrentando violencia institucional y discriminación en cada frontera. Para mitigar la crisis humanitaria que provoca la llegada masiva de migrantes, en 2024 Panamá firmó un acuerdo con Estados Unidos para financiar vuelos que deportan a extranjeros a sus países de origen. En los primeros 23 días de enero de 2025, solo 1,710 migrantes cruzaron la selva del Darién, según reportes oficiales del Ministerio de Seguridad Pública de Panamá. Esta cifra representa una reducción del 93 % en comparación con las 23,099 personas que la atravesaron en el mismo periodo de 2024.
Las autoridades panameñas atribuyen esta drástica disminución a varias medidas clave: el cierre de pasos no autorizados, las deportaciones y vuelos financiados por Estados Unidos, y un mayor control en la frontera bajo la presidencia de José Raúl Mulino, según LA GACETA.
En febrero de 2025, la cifra cayó aún más, con solo 408 cruces, lo que implica una caída del 99 % frente a los más de 37,000 registrados en febrero de 2024 (humanevents). En marzo, apenas 194 personas cruzaron la selva, según el Servicio Nacional de Migración de Panamá (CubaHeadlines).
Estas cifras reflejan un cambio abrupto: de miles de migrantes cruzando mensualmente a menos de 100 en algunos meses, dejando rutas y centros de detención casi vacíos. La combinación de políticas migratorias restrictivas en EE. UU., vuelos de retorno financiados y medidas de vigilancia fronteriza en Panamá ha causado una reducción del 93 % al 99 % en el cruce del Darién durante los primeros meses de 2025. Esta caída histórica, sin precedentes desde la pandemia, enciende las luces de alarma sobre la humanidad en la gestión migratoria, pues muchos migrantes se han visto forzados a interrumpir su trayecto o a tomar rutas más peligrosas.
Cuatro meses en una celda sin nombre
A veces, el tiempo se mide por el sonido de las cerraduras. Para Fernando, migrante colombiano de 26 años, cuatro meses detenido en una estación migratoria en Chiapas le enseñaron que cada día puede romper algo dentro de ti, sin que nadie lo note. «Nos trataban peor que a los animales», recuerda. «Dormíamos en el piso, nos daban comida con gusanos, y si te quejabas, te golpeaban o te dejaban incomunicado», manifestó.
Fernando salió de Colombia buscando un mejor futuro. Su plan era llegar a Estados Unidos para trabajar, ganar dinero y enviar recursos a su familia. Sin embargo, al cruzar la frontera sur de México, fue detenido sin explicación. No le permitieron comunicarse con sus familiares, y los agentes le exigieron dinero a cambio de su libertad.
«Escuché gritos en otras celdas, llantos, rezos. A veces parecía que ya no estábamos en tierra firme, sino en algún agujero de un país sin nombre», afirmó. También fue testigo de cómo otras personas migrantes sufrían descargas eléctricas, insultos racistas y amenazas contra sus familias. Algunas desaparecieron sin dejar rastro. A él lo liberaron tras 128 días de silencio, solo porque alguien intervino desde una organización de derechos humanos.
Hoy, Fernando vive con miedo, pero también con algo nuevo: la voluntad de contar su historia para que otros no callen. Nos compartió fragmentos de su experiencia, pero decidió no salir en cámara por temor a represalias tanto de autoridades mexicanas como colombianas que podrían identificarlo, ya que también estuvo involucrado en el tráfico ilegal de migrantes y teme por su seguridad y la de su familia. Actualmente se encuentra en Colombia, desempleado, buscando el sustento diario con lo primero que pueda generar ingresos. Ha intentado montar negocios de venta de comida y sigue en su lucha por sobrevivir.
La frontera desde lejos: memorias y heridas de la deportación
Antonio, migrante salvadoreño de 47 años, vive en Estados Unidos desde hace más de dos décadas. Nos brindó su testimonio a través de una entrevista telefónica, ofreciendo un panorama sobre la situación real que enfrenta en ese país, especialmente respecto a los migrantes y las deportaciones. En 2025, con el endurecimiento de las políticas migratorias, siente que la ley no ha cambiado mucho, solo han perfeccionado la manera de hacerlos sentir que no merecen estar ahí.
A través de su testimonio, Antonio quiere que se entienda que la migración no es un capricho. «Es necesidad. Nadie deja su tierra por gusto. La deportación es una herida que uno aprende a disimular, pero nunca sana», puntualizó.

“El caminante”: un migrante anónimo que cruzó el infierno y regresó con las manos vacías
“No sé por qué lo hice. Tal vez fue la desesperación, la ilusión o simplemente el miedo a seguir sobreviviendo en vez de vivir. Me llaman ‘El Caminante’. No digo mi nombre ni muestro mi rostro. No por vergüenza, sino porque mi historia ya pesa demasiado”, manifestó este migrante que prefiere mantener su anonimato.
“Vendí lo único que tenía: mi moto, un terreno que heredé de mi padre, los muebles, la nevera, todo. Incluso los juguetes de mis hijos. Reuní 17 millones de pesos. Con ese dinero, los ‘coyotes’ me prometieron un camino ‘seguro’ desde Colombia hasta Estados Unidos. Pero luego me exigieron tres mil dólares más o transportar un paquete.”
“La travesía fue un castigo que nadie merece. Aunque no crucé el Darién —que no es una selva, es una tumba abierta— supe de personas que murieron, niños que se desmayaban de hambre, mujeres violadas, hombres desesperados que querían regresar pero ya no podían.”
“Me deportaron con lo que tenía puesto, dejando atrás a mi familia en Colombia, endeudada. Yo volví siendo otro: más flaco, más viejo, más roto, pero también más consciente.”
“Me arrepiento no del sueño, sino del precio que pagué. Si pudiera volver atrás, abrazaría más fuerte a mi gente y buscaría otra forma. Hoy cuento esto para que nadie más se engañe. Migrar no debería doler así.”
“El Caminante” no busca lástima, solo quiere que su voz, aunque anónima, no se pierda en el silencio. Porque lo que vivió no se lo desea ni a su peor enemigo.
Infancias en tránsito: el cuidado en medio del dolor
En medio del caos migratorio, hay ojos pequeños que lo observan todo sin entender por qué sus vidas se han vuelto tan inciertas. Adriana, directora de Aldeas Infantiles SOS en Santander, Colombia, ha acompañado a decenas de niños y niñas que llegaron solos o fueron separados de sus familias durante su paso por el país.
Los niños y niñas migrantes enfrentan una doble vulnerabilidad: por su edad y por su condición legal. Según Adriana, el trato institucional suele ser frío, burocrático y poco preparado para atender el trauma infantil. «Hay niños que no hablan, que solo se esconden o mojan la cama por semanas. El cuerpo guarda el miedo, aunque nadie lo vea.»
Aldeas Infantiles SOS ofrece apoyo emocional, alojamiento temporal y acompañamiento legal, pero Adriana insiste: «Nos falta personal, recursos y, sobre todo, políticas que entiendan que estos niños no son números. Son vidas en formación que ya han sido atravesadas por el abandono, el dolor y la injusticia.»
La versión oficial: proteger fronteras o ignorar vidas
Desde Colombia, miles emprenden el viaje hacia el norte, no por aventura, sino por necesidad. El Darién es una frontera de muerte. Tumaco, Turbo, Cúcuta: nombres que se repiten en las rutas ilegales. Allí, los pasos no son libres; son vigilados por coyotes y redes criminales que prometen lo imposible. “Te llevan a EE. UU. por 3,000 dólares”, dicen en TikTok. Pero no cuentan que hay violaciones, desapariciones, naufragios; que hay niñas embarazadas, hombres extorsionados, cuerpos sin nombre.
Mientras tanto, Migración Colombia y la Fuerza Pública rastrean rutas, cruzan datos y vigilan silencios. Algunos logran llegar; otros quedan atrapados en albergues, hospitales y estaciones de policía. Las alcaldías reparten comida, las gobernaciones buscan refugios. Pero no basta. Por eso hay campañas en barrios, escuelas y redes. “No es un paseo”, repiten. Y porque cada historia merece ser contada antes de perderse en el camino.
Así lo piensa el mayor Eduardo Oviedo, consultor en seguridad que ha vivido en Japón, recientemente en Bogotá, y hoy reside en Bucaramanga, Santander. La información que maneja es valiosa para el desarrollo de esta investigación transeccional.
México reduce en 77 % las detenciones migratorias, pero persisten denuncias de tortura en estaciones
Entre enero y abril de 2025 se reportó una caída histórica en las detenciones migratorias, mientras organismos de derechos humanos alertan sobre condiciones infrahumanas en estaciones del Instituto Nacional de Migración (INM).
En los primeros cuatro meses de 2025, México registró una reducción del 77 % en las detenciones de personas migrantes, según cifras oficiales de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación. Entre enero y abril se contabilizaron 108,489 detenciones, en comparación con las 465,191 del mismo periodo en 2024.
Este descenso se enmarca en el endurecimiento de las políticas migratorias regionales y en la presión diplomática de Estados Unidos, que también reportó una baja del 87 % en sus aprehensiones fronterizas durante el mismo lapso.
Sin embargo, organizaciones de derechos humanos advierten que esta disminución no se traduce en un respeto efectivo a los derechos fundamentales. El reciente informe del Grupo Impulsor contra la Detención Migratoria y la Tortura (GICDMT), respaldado por el Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, revela que el 93 % de las personas detenidas han enfrentado tratos inhumanos, incluyendo:
- Hacinamiento extremo y calor sofocante.
- Privación de agua y alimentos.
- Restricción del sueño y tortura psicológica.
- Privación sensorial mediante aislamiento prolongado.
Estos hallazgos refuerzan las denuncias sobre la violación sistemática de derechos humanos en las estaciones migratorias del INM. Expertos y activistas exigen el cierre inmediato de estos centros y la adopción de políticas migratorias centradas en la dignidad humana.
Entornos torturantes, el rostro oculto de la detención migratoria en México
Celdas sin ventanas, camas de concreto compartidas por hasta tres personas, luz artificial permanente y baños sin puertas: ese es el escenario que enfrentan cientos de personas migrantes detenidas en México. Así lo revela un informe del Grupo Impulsor Contra la Detención Migratoria y la Tortura (GICDMT), que documenta una práctica sistemática de control que, más allá de privar de la libertad, afecta profundamente la salud física y mental de quienes quedan atrapados en el sistema migratorio mexicano.

Para elaborar el informe, el GICDMT entrevistó a 57 personas —45 hombres y 12 mujeres— que estuvieron o permanecen retenidas en estaciones migratorias del país. El 93 % de los testimonios coinciden en un punto alarmante: fueron detenidos en condiciones infrahumanas. “Había solo camas de concreto, con hasta tres personas encima. La mayoría dormía en el piso”, se lee en uno de los relatos recogidos.
Además de la falta de higiene, el hacinamiento y las altas temperaturas, el 80.7 % de las personas entrevistadas reportaron haber sido forzadas a experimentar hambre, sed o a limitar sus necesidades fisiológicas básicas.
- El 70 % pasó hambre.
- El 30 % sufrió sed.
- El 50 % tuvo que restringir sus ganas de orinar o defecar.
Otros testimonios describen una manipulación del tiempo: celdas sin ventanas o con iluminación artificial constante, sin relojes ni referencias temporales. Este aislamiento afectó a casi la mitad de los encuestados.
A esto se suma un dato estremecedor: el 82 % dijo haber recibido amenazas de agresión, en algunos casos no solo contra ellos, sino también contra sus familias. Como si fuera poco, siete personas aseguraron haber sido sometidas a privación sensorial mediante el uso de vendas, bolsas o capuchas.
“Eso es algo controlado. Está destinado a que la persona se desoriente, crezca la incertidumbre, se desespere… y luego se le ofrece el retorno voluntario como única salida”, explica Josué Gómez, del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova.
Las consecuencias no se limitan al encierro. La detención deja huellas profundas en la salud mental. Más de la mitad de los entrevistados manifestaron haber experimentado tristeza prolongada, rabia, impotencia y culpa. Otras emociones frecuentes fueron el miedo, la desconfianza, la desesperación y el agotamiento extremo. Algunos incluso reportaron pesadillas persistentes, sentimientos de desesperanza y pensamientos suicidas.
Las estaciones migratorias, señala el informe, no son simples centros de retención, sino entornos torturantes: lugares donde la dignidad humana se ve aplastada por un sistema que perpetúa la desigualdad, el miedo y la desesperanza.
Este tema es profundamente doloroso y urgente. En el sur de México, especialmente en zonas como Tapachula, se han documentado múltiples casos de detenciones arbitrarias, tortura y maltrato a personas migrantes suramericanas que buscan cruzar el país en busca de seguridad o reunificación familiar.
No todos los golpes dejan moretones. Algunos se esconden en el insomnio y en el miedo que no desaparece. Durante los operativos migratorios, hubo descargas eléctricas, amenazas y desapariciones. Migrantes afrodescendientes y personas LGTB fueron blanco fácil: más vulnerables, más invisibles. “Nos decían que no éramos personas”, recuerda una mujer trans detenida en la frontera.
Médicos Sin Fronteras y el Centro de Atención Integral (CAI) intentan reparar lo que no se ve: estrés postraumático, aislamiento, pesadillas que repiten el encierro. Pero la recuperación no es solo médica. Es también política, comunitaria y humana.
Porque cada cuerpo migrante lleva una historia que merece ser contada, y cada memoria que resiste es un acto de justicia.