Lo que no fue para mí, que sea para ellas

Por: Dulce Laguna


Hace cuatro años experimenté una de las cosas más extrañas,duras y hermosas de la vida: mi autonomía. Hay una parte de mi vida de la cual todavía no podía hablar. Algo que dolía pero que tampoco entendía.

 

Comprender el imaginario colectivo ha sido complicado y de cierta forma intrigante y motivo de estudio para mi. Mi amada madre, siempre preocupada porque no me embarace o salga con un “delincuente”, me alejó de todos, evitando que saliera o invitara a amigos a mi casa. Hay muchas cosas de las cuales no me pudo alejar, otras, lamentablemente, vivían con nosotras.

 

Hay una historia que mi mamá suele contar. En ese entonces una de mis hermanas y sus 3 hijos vivían con nosotras, mi mamá la apoyaba con los gastos de la casa, mi hermana se encargaba de hacer de comer antes de irse a trabajar, en ese entonces yo le ayudaba a mi hermana con el cuidado de sus hijos. 

 


Cuando llegaba la hora de la comida, mi hermana siempre contabilizaba todo, generalmente no decía nada pero sus actitudes hacía mi eran muy evidentes. Mi madre no supera que a mi hermana le molestara darme de comer. La verdad es que yo tampoco lo hice por mucho tiempo, y aunque me hirió de múltiples formas entiendo que realmente no es algo personal.

 

Ha sido muy duro enfrentar el sistema misógino que nos rige y nos educa y cómo eso tiene su peor desenlace cuando un hombre le hace daño a una mujer, sin embargo ha sido eternamente duro, deprimente y a veces insoportable, saber que la misoginia también vive en nosotras, reconocernos como violentadoras también es otro paso, muchas veces más duro que los primeros tres.

 

Nunca entendí porqué ella me odiaba a mi, siempre pensé que ella había elegido su camino y con ello todo lo que le pasó. La realidad es mucho más simple. Mi mamá no tenía las redes de apoyo para sobrellevar la muerte de mi papá, por la misma razón el apoyo que tenía era para “cuidarnos” y ella se hundió en depresión, realmente se hundió por 17 años.

 

Lo que ocurrió después es lógico, una familia rota, un tejido que no sana, tres niñas que cuidar y una vida que enfrentar. Todo el peso del mundo y el dolor caían en mi madre, y ella no tenía cabeza para atravesarlo. La ausencia de mi padre era un vacío que todavía no entendía, pero la ausencia de mi madre parecía tener repercusiones en mis hermanas que en cuanto pudieron se fueron, adolescentes sufriendo cambios hormonales, viviendo la ausencia de un cuidado y enfrentándose al amor romántico que las llevó a tomar decisiones importantes en sus vidas. En mi madre, un vacío imposible de llenar, una marca imposible de borrar, una barrera imposible de quitar. La convirtió en la mujer dura, difícil y fría que es hoy.

 

En mi caso, el abuso y la violencia son menores cuando pienso en todas las oportunidades que perdí. Cuantas veces abandoné una actividad por la ansiedad que me provocaba estar lejos de casa, por no sentirme bien y capaz de lograr algo, cuántas veces no quise hacer amigxs por temor a que me rechazaran, que se burlaran de cómo me vestía mi mamá, y una vez que mi mamá comenzó a tener pareja, cuántas veces no salí a jugar porque tenía miedo de que le pegarán a mi mamá, o que el esposo de mi hermana le robará otra vez para consumir más drogas, o que le hiciera algo a sus hijos. Después de la escuela, me dividía en dos. Y con una madre que de niña tampoco me dejó ser femenina, ni expresarme como tal, ni elegir mi ropa, ni mis ideas… ni desear casarme, tener hijos o incluso mi propia vida. Un lugar completamente adultocentrista donde no tenía voz, ni voto, ni decisión. Donde pensaba que no tenía lugar, que estorbaba.

 

Por lo contrario, con los hombres seguía con otra actitud. Conoció a alguien y aunque parecía un buen partido, su alcoholismo y ausencia de trabajo lo alejaban de ser algo que quería que mamá tuviera en su vida. Al inicio solo era ver como ella debía pagar todo, nunca me metí en su vida aunque siempre era la misma historia. Él pudo influenciar en las decisiones de mi mamá, no pasó nada hasta que su nueva pareja comenzó a tomar en casa, ahí el asunto ya era intolerable. Peleas, abuso de sustancias, el señor gritándole a mi madre en nuestra casa. Era insoportable. 

 

Un día de esos en los que iba a ver a mi novio a su casa después de salir de la universidad, decidí quedarme. Yo simplemente no quería volver a casa. Le envié un mensaje a mi mamá para avisarle y me dijo hasta de qué me iba a morir. La decisión había sido tomada, pero eso no evitó que me diera diarrea del miedo, pero era mejor al estrés que me ocasionaba estar ahí, mi terapeuta dice que es un trastorno postraumático, de las cosas que en mi infancia no había logrado superar. 

 

Al otro día que volví a casa mi mamá me dijo que quería que me fuera, que me apoyaría pero no me quería ver ahí más. Creo que es una de las cosas más duras que me ha dicho porque se mantuvo, realmente me echó de casa. En ese entonces, si bien estudiaba y era mayor de edad solo tenía $150 y estaba a mitad de semestre. Logré que algunos amigos me dejaran quedarme en sus casas unos días, hasta que mi novio me dio cobijo de una forma más permanente. El dolor era insoportable. No entendía porqué mi mamá le había dado tantas oportunidades y apoyo a mis hermanas y a mí me había echado de casa a la primera. O porque prefería correrme cuando cuestioné su relación y el estrés que me causaba el abuso de sustancias en casa. Yo no entendía su hartazgo, su dolor. Al principio fue bastante difícil, someterme a otra circunstancia para la cual no estaba lista. La vida en pareja. Ahí comprendí que si tenía una hija y se embarazaba no la iba a dejar sola, jamás la iba a echar de casa porque no quería que nadie más sintiera lo que yo sentí.

 

El primer mes fue el más duro. Los hábitos de cuidar a mis sobrinos, estudiar la universidad y no tener permitido salir se transformaron en cuidar a alguien más, mi novio,  un adulto que tampoco me ayudaba mucho en la vida, ni me quería ahí. Desgraciadamente o afortunadamente me tomó poco más de dos años de aprender, de trabajo, de ahorrar y poder comprarme mis muebles. Años en los que él nunca durmió conmigo, pero siempre me exigió el pago del alquiler. Mi roomie, al parecer. La otra verdad es que yo tampoco estaba lista para eso. 

 

9 años de relación terminaron cuando encontré los derechos humanos y pude independizarme. En mi nuevo trabajo, conocí a una amiga que me invitó a compartir su departamento. Fue una de las cosas más extrañas que me pudo pasar. Fue  desolador pero también liberador. Mi propia música, mi propia ropa, por fin uso vestidos. Descubrir mi autonomía, el libre desarrollo de mi personalidad. Mis propias decisiones. Construí un hogar donde me sentí cobijada, hambrienta de conocer el mundo y a las personas. Entré en el maravilloso mundo de las morras, pude expresarme y saber lo que otras mujeres habían estado viviendo toda su vida. Saberme amada, acompañada y apoyada no solo ha sido liberador para mi si no que me ha salvado la vida. 

 

Se dice fácil, pero la última vez que pensé que iba a morir fue ahí, al descubrir el vacío emocional de sentirme sola, sin tener a donde correr o a donde ir… donde posiblemente no exista una persona de sangre que esté cerca de ti, pero que extrañas y que cada que estas con ella te sientes derrotada otra vez. Es muy difícil ir contra la corriente, saberse así y sobrevivir sana emocionalmente es imposible. 

 

¿El paraíso está solo en mi cabeza? Me pregunté. Si bien no conocía otra forma de vida antes, sabía que estaba muy jodido para que eso fuera todo lo que podía vivir. Pero no, mi trabajo fue un refugio para mí. Me hizo levantarme aún cuando no quería hacerlo, me hizo crecer aún cuando no me daba cuenta, me hizo entender el mundo mientras maduraba; sin embargo no ha aligerado la carga; ahora me enfrento a un “enemigo” mucho más complejo y peligroso y que no solo incluye la violencia de género y el sistema patriarcal, sino que también es corrupto con los derechos de las niñas y los niños. Es un tema que está haciéndose visible pero que en nuestro adultocentrismo llevamos muchos años invisibilizando. 

 

Cuando la gente habla de su infancia, y dice “¡quisiera volver a ser niña, para no preocuparme por nada y ser feliz sin saberlo”, yo estoy segura de que miles de mujeres piensan lo mismo que yo, “yo no quiero, estoy muy feliz así”. La verdad, yo no repetiría mi vida aunque me pagaran. No cambiaría lo que siento ahora por qué no lo había sentido antes. Por primera vez en mi vida estoy tranquila, una tranquilidad que jamás sentí en ningún lugar, con ninguna terapia ni ningún medicamento.¿Será que no tengo cura? Pensaba… ¿Siempre me voy a sentir así? ¿Tan vacía? ¿Tan distanciada? Nadie nunca sabe cómo puede cambiar la vida de una persona cuando cambias su contexto. 

 

Considerando mis circunstancias particulares puedo decir que he sido afortunada. Enfrenté muchas cosas desde niña que no debí haber pasado, muchas otras que nadie nunca debería pasar y muchas otras de adulta que sé que pude haber enfrentado diferente, pero no tenía las herramientas que tengo ahora. 

 

Mi trabajo de comunicación en la sociedad civil, me abrió a su paso un mundo de personas extraordinarias las cuales se convirtieron en un referente para mí; pero también me enseñó que no todo lo aprendido estaba dicho, ni mucho menos que estaba bien; que no existe una forma absoluta de vivir, ni existe una única forma de ser; que mis decisiones están bien y no debo culparme por eso. Y lo más importante, me dio las herramientas para poder vivir en libertad.

 

Derecho a una vida sana, digna y segura, a la protección y respeto de mi cuerpo, derecho a opinar, a luchar y decidir mi futuro, mi autonomía e independencia. El derecho que tienen todas las mujeres, adolescentes y niñas a una vida libre de violencia abarca el acceso a servicios en salud, entendida la salud como un derecho que implica no solo la ausencia de enfermedades o afecciones, sino como el estado completo de bienestar físico, mental y social. 

 

Pero hay algo que no ha logrado salir de mi cabeza, ¿qué pasa con quién no lo sabe? ¿Qué pasa con las personas que no tienen otras opciones? El llanto, el hambre y la desesperación, ir de casa en casa y no tener un hogar. Si el peligro es latente en nuestros hogares, si en casa nos abusan y vulneran, si nuestra familia nos pone en riesgo, ¿a dónde podemos correr?

 

Si hasta el primer censo teníamos en México 94 mil 795 niñas y niños en situación de calle, ¿Qué pasa con esas infancias? ¿O qué pasa con las adolescencias que no tienen las mismas oportunidades que yo tuve? O que no tienen a nadie que las rescate, ¿qué pasa con las adolescentes que también huyeron de sus casas y llegan a embarazarse y quizá eso les impide lograr su autonomía, su libertad o en algunos casos su seguir con vida? O peor aún, ¿qué pasa con las otras infancias que como yo cayeron en el abuso de sustancias pero que no han podido salir de ahí? ¿Qué pasa con las y los adolescentes que por alguna razón se enfrentaron al sistema de justicia, y no tienen otro camino a donde ir? 

 

Lo diría mil veces, mi infancia y mi adolescencia han sido horribles, tuvieron que pasar 20 años para que pudiera cambiar mi condición y ponerme a salvo, pero no me imagino la vida de alguien que se enfrentó a una sociedad individualista y un sistema de injusticia que perpetúa la condena y exclusión social y que por la misma razón es abandonada en prisión.

 

Las consecuencias de la violencia por razones de género, biología, geografía, estado socioeconómico o edad, llegan a permear de manera incalculable en la vida de las personas y esta tiene un efecto doble dentro de las instituciones públicas y privadas. ¿Cómo pretendemos que alguien que no tuvo acceso a los derechos más básicos en su infancia, que fue violentada o vivió en espacios que no eran aptos para un infante y que en su adolescencia termina siendo procesado por un delito pueda reinsertarse a una sociedad donde fue aislado, discriminado, criminalizado y por último probablemente doblemente abandonado? 

 

La violencia en contra de las mujeres, niñas y adolescentes presenta grandes obstáculos para el ejercicio de los derechos humanos en condiciones de igualdad, y exige la participación de la sociedad para su erradicación. Tenemos que comenzar a exigir y crear espacios que velen y protejan los derechos de las infancias y adolescentes, considerando sus condiciones geográficas, sociales y económicas; insistir en atacar el adultocentrismo y la niñofobia que nos impide escuchar a las infancias, darles voto, autonomía y libertad. Permitirles la oportunidad de crecer protegidos, en entornos sanos, pero sobre todo poderles garantizar una vida digna libre de violencia.

 


Sobre la autora:

Dulce Laguna es Enlace de Comunicación y Medios y Editora del blog de Bajo Lupa en Documenta

Contacto: dulce@documenta.org.mx

Twitter: dulce_lahd 

Instagram: dulce_lahd

 

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